Diego Golombek

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DIEGO GOLOMBEK

 

INVESTIGADOR – EXPERTO EN NEUROCIENCIA –ENTRENADOR DE CEREBROS

 

NEUROCIENCIA PARA LIDERES

 

“La gran pregunta es de dónde sale la capacidad de liderazgo: si es algo innato o aprendido. Como en la mayoría de nuestros comportamientos, seguramente hay un poco de los dos: somos lo que traemos de fábrica pero también lo que hacemos con eso heredado, lo que el ambiente y la cultura esculpen sobre nuestros genes y nuestras neuronas. A veces es muy difícil discriminar lo innato de lo aprendido. También es cierto que el liderazgo implica una posición ética por tener influencia sobre un colectivo de personas y la responsabilidad de obrar por el bien común, lo que no siempre resulta demasiado claro.”

 

“Las decisiones forman parte de nuestra vida cotidiana: todo el tiempo estamos decidiendo algo, muchas veces de manera inconscientes. Al final del camino, somos (o fuimos) una serie de decisiones. Si solo nos implican a nosotros (¿helado de pistacho o de quinotos al whisky?) será una cuestión de autoconocimiento pero si efectivamente son decisiones que influyen sobre un colectivo (un país, una empresa, una familia, un aula), conllevan una responsabilidad mucho mayor – de ahí la tremenda importancia de conocer sus laberintos.”

 

ROMPIENDO LA INERCIA DEL CONFORT

 

El término “energía de activación” proviene de la Química y está definido como el nivel mínimo de energía que necesita un proceso químico para comenzar. En términos psicológicos, la idea es simplemente que empezar a hacer algo cuesta mucho más esfuerzo que seguir haciéndolo una vez que ya lo empezamos.

 

En palabras distintas, no es otra cosa que decir que todos vivimos en la inercia de mantenernos en nuestra zona de confort. Y sacarnos de ahí requiere un esfuerzo importante. Por ejemplo, si queremos salir a hacer ejercicio, cambiarnos y salir nos requiere mucha más fuerza de voluntad que ejercitarnos una vez que ya estamos listos para empezar a hacerlo. En palabras simples, con la mayoría de las cosas lo difícil es arrancar.

 

Shawn Achor nos habló de un método sencillo para vencer la inercia del confort, que se puede aplicar a la vida personal, a los negocios, hasta a la vida de pareja!

 

Veámoslo con dos ejemplos que él dio de su vida cotidiana y que pueden aclarar más la idea.

 

1) Shawn quería hace tiempo empezar a tocar la guitarra. Se había comprado una y la tenía guardada en su estuche dentro de un placard en su living. La realidad es que nunca tocaba.

 

Un día decidió medir cuánto tiempo le tomaba sacarla… Eran 25 segundos. Puede sonar exagerado que esos 25 segundos hicieran tanta diferencia pero esa es precisamente la clave de este concepto. Que por alguna razón, una pequeña barrera de esfuerzo provoca un efecto muy amplificado por obra y gracia de nuestro cerebro.

 

Así, pensó en el concepto de AE y decidió comprar un soporte de guitarra y ponerla sin estuche al lado del sofá donde se sentaba siempre. Y “mágicamente”, al tenerla simplemente a un brazo de distancia, cada vez que estaba sentado allí empezó a tocarla.

 

2) La segunda historia es la del ejemplo que usé arriba: el de hacer ejercicio. Shawn quería empezar a correr a la mañana al levantarse, pero cuando el momento llegaba no lo hacía. La solución en este caso fue un poco más radical: por unas semanas, decidió acostarse la noche anterior vestido con ropa deportiva y dejando sus zapatillas al lado de la cama.

 

El descubrió que en este caso buena parte de su “barrera” era vestirse con la ropa deportiva necesaria para salir. Pero hay algo muy interesante en este ejemplo! Levantarse ya listo para correr no sólo le bajaba el “activation energy” de ir a correr. También le subía el de todo lo demás! Si en vez de ir a correr él quería hacer otra cosa, tenía que sacarse la ropa deportiva y volver a vestirse con ropa de calle. De repente, ir a correr era la opción más cómoda!

 

Este segundo ejemplo ilustra una segunda aplicación de este concepto. No sólo pensar en cómo bajar el AE de algo nos ayuda a hacerlo más: subirlo también puede servirnos para abandonar costumbres que queremos dejar de hacer. Si, por ejemplo, queremos mirar menos televisión y leer más antes de dormir, sacarle las pilas al control remoto y guardarlas en un lugar a 30 segundos de distancia y dejar el libro apoyado en la mesa de luz debería ser muy efectivo para conseguirlo.

 

 

 

BIO Diego Golombek

 

Nació en Buenos Aires en 1964, es Licenciado y Doctor en Biología de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente es profesor titular en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ, donde dirige el laboratorio de Cronobiología), e investigador principal del CONICET; ha publicado más de 120 trabajos de investigación científica en revistas internacionales y dirigido tesis doctorales y de licenciatura.

 

Ha sido investigador o profesor invitado en la Universidad de Toronto (Canadá), Smith College (Massachussets), Universidad de Sao Paulo, Universidad de Buenos Aires, Universidad de Campinas, Universidad de la República, University of Virginia, UNAM, Université Louis Pasteur, Universidad de Santander, entre otras.

 

Entre otras ocupaciones, ha trabajado como director de teatro, periodista y músico. Publicó, entre otros, los siguientes libros de ciencia y divulgación científica:

 

  • Relojes y calendarios biológicos;
  • Cronobiología: principios y aplicaciones;
  • Cerebro: últimas noticias;
  • Cavernas y palacios: en busca de la conciencia en el cerebro;
  • Cronobiología Humana;
  • El cocinero científico;
  • ADN: 50 años no es nada;
  • Demoliendo papers; La ciencia en el aula;
  • Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad;
  • Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll);
  • Aprender y enseñar ciencias;
  • Agua, agua, agua (hasta en la sopa);
  • Vos y la energía;
  • El parrillero científico;
  • El nuevo cocinero científico;
  • Las neuronas de dios.

 

Asimismo, publicó el libro de cuentos “Así En La Tierra” (premio Fondo Nacional de las Artes) y la novela “Cosa Funesta”. Recibió, entre otros, el premio nacional de ciencias “Bernardo Houssay”, la beca Guggenheim, el premio Konex en comunicación, el premio IgNobel, el premio “Public Understanding of Science” de la Third World Academy of Sciences (TWAS) y el premio “Ciudad Capital” del Distrito Federal de Mexico. Dirige la colección de divulgación científica “Ciencia Que Ladra” y ha desarrollado diversas actividades de divulgación científica en medios gráficos y televisivos, así como organizado el primer festival “Buenos Aires Piensa”. Se desempeñó como secretario de posgrado de la Universidad Nacional de Quilmes y coordinador del área de ciencias del centro cultural Ricardo Rojas de la UBA. Fue miembro fundador de la asociación civil Expedición Ciencia, que organiza campamentos científicos juveniles y otras actividades de educación no formal. Actualmente conduce los programas televisivos “Proyecto G” y “El Cerebro Y Yo” en el canal Encuentro, del Ministerio de Educación de la Nación, y el ciclo “Desde La Ciencia” en Tecnópolis TV.

 

Fue miembro de la Comisión Nacional para el Mejoramiento de la Enseñanza de las Ciencias y de la Comisión de Educación de la Feria del Libro, así como presidente de la Sociedad Argentina de Neurociencias. Ha sido nombrado personalidad destacada de las ciencias en la ciudad de Buenos Aires, y actualmente lidera el proyecto del Centro Cultural de la Ciencia y del museo interactivo “Lugar a Dudas” del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación.

 

En Junio de 2015, durante una reunión que tuvo como lema “Arte, tecnología y ciencia, nuevas maneras de conocer”, la RedPOP/Unesco, que agrupa a centros y programas de divulgación, lo distinguió por su trayectoria con el Premio Latinoamericano a la Popularización de la Ciencia y la Tecnología. El galardón es el mayor reconocimiento otorgado en la región “a un centro, programa o especialistas con destacada trayectoria, y proyección nacional y regional para estimular las actividades de difusión de la ciencia y la tecnología en América latina y el Caribe, y destacar aquellos esfuerzos y emprendimientos que sobresalgan por su creatividad, originalidad, rigor, impacto y aportes, tanto en el nivel nacional como internacional”.

Señores presidentes, señoras presidentas de naciones, clubes de fomento, centros de estudiantes, consorcios, asambleas o sociedades científicas:

 

Este es un libro imprescindible para ustedes. Y también para aquellos que simplemente quieren presidir sus propias vidas, conocerse más, entender un poco mejor su comportamiento y el de sus vecinos (o presididos, súbditos o socios). Es un libro sobre neurociencias, sí, pero que examina todos los aspectos cotidianos que nos pueden hacer tomar las riendas de lo que nos pasa. Es que el estudio científico del cerebro poco a poco va develando el funcionamiento del objeto más complejo del universo: ese que tenemos entre nuestras orejas.

 

Aquí dieciséis expertos en distintas áreas de la neurociencia les enseñarán por qué, en lugar de atender a la razón y la evidencia, frecuentemente deciden de manera irracional, por qué a veces se olvidan de todo, hasta dónde les conviene emocionarse o arriesgarse, y qué aportan los últimos descubrimientos para mantener el cerebro entrenado y educado. Entenderán también por qué un buen presidente es el que ha dormido (y comido) bien, la verdad sobre las drogas y las neuronas, dónde queda la conciencia y cómo procesa el cerebro esto de vivir en sociedad. Después de esta lectura, sus discursos no serán lo mismo y, esperamos, tampoco sus acciones.

 

Los invitamos a un viaje de revelaciones y sorpresas, de pequeñas vergüenzas y grandes triunfos, un viaje que los puede ayudar a ser mejores presidentes y mejores personas.

 

Estas son las mentes brillantes que pensaron este libro: Antonio Battro, Pedro Bekinschtein, Tristán Bekinschtein, Rudy Bernabeu, Liliana Cancela, Daniel Cardinali, Adolfo García, Andrea Goldin, Agustín Ibáñez, Pablo Ioli, Sebastián Lipina, Facundo Manes, Guadalupe Nogués, Mariano Sigman, Martín Tetaz, Daniel Vigo.

 


 

Muchos pensarán que este es un libro más sobre el eterno enfrentamiento entre la ciencia y la religión, entre las fuerzas de la razón y la magia de la fe. Nada de eso. Diego Golombek propone una mirada mucho más novedosa e interesante: por primera vez, las ciencias naturales (la biología, la neurociencia) pueden estudiar la religión en lugar de burlarse de ella; por primera vez, la ciencia puede responder una pregunta inquietante: ¿por qué, en pleno siglo XXI, la mayoría de las personas siguen creyendo en algo o alguien superior, llámese dios, meditación trascendental, espiritualidad o sentido de la vida? ¿De dónde viene esta necesidad, antigua como nuestra especie, que nos lleva a creer en lo sobrenatural?

 

La respuesta científica a este enigma es que la predisposición a algún tipo de creencia en dios “viene de fábrica” y está sujeta a las leyes de la evolución biológica. Esto sin negar, por supuesto, la influencia del ambiente (la familia, la cultura, las tradiciones).

 

Para llegar a semejante conclusión, el autor pasa revista a un sinfín de experimentos que muestran cómo actúan las neuronas de monjas rezadoras, budistas meditadores, pentecostales, epilépticos en trance, iluminados con LSD, peyote, ayahuasca y hongos alucinógenos varios. Los resultados permiten identificar circuitos neuronales que están en la base de visiones y experiencias místicas. Y hay más: los estudios revelan también que la religión tiene un efecto ansiolítico, estimula la empatía con los demás y los lazos comunitarios, y aporta mayor seguridad personal.

 

Con sentido del humor y una claridad a toda prueba, Diego Golombek llega a poner sobre la mesa del laboratorio su propio mapa genético y sus experiencias personales para marcar los mojones de un recorrido imperdible: la ruta de nuestro cableado cerebral.

 


 

Todos tenemos un laboratorio en casa, ese lugar donde hacemos gala de nuestra creatividad y donde además nos divertimos como expertos químicos, físicos, biólogos… y cocineros.

 

Es que cocinar no sólo es la mayor de las bellas artes, sino también una ciencia y uno de los juegos más deliciosos y entretenidos del mundo.

 

Este libro, pensado como un menú científico-culinario desde el desayuno hasta el postre, pasa por el filtro de la ciencia los mitos más arraigados de la sabiduría popular culinaria para determinar cuánto tienen de cierto y cuánto de fábula. Y en el camino, da respuesta a preguntas dignas de un Premio Nobel en Gastronomía: ¿Azúcar o edulcorante? ¿Por qué es roja la carne (roja)? ¿Cómo lograr una mayonesa perfecta?

 

Si nada se pega al teflón, ¿cómo se pega el teflón a la sartén? ¿Es verdad que los vinos y los quesos no se llevan tan bien como dicen? Y todo esto sin dejar de lado ni la espinaca de Popeye ni las especias de Colón ni las frutas del Paraíso.

 

En esta nueva edición, los biólogos Diego Golombek y Pablo Schwarzbaum cuentan todo lo que usted siempre quiso saber y nunca se animó a preguntarle a su cocinero científico amigo. Un libro para equivocarse menos, divertirse a lo grande y deleitar a sus invitados.

 


 

¿Por qué, después de largos minutos de espera, encendemos un cigarrillo y aparece inevitablemente el colectivo? ¿Qué es mejor a la hora de exterminar cucarachas: el insecticida o la ojota? El divino botón, ¿es divino? ¿Cómo cae una tostada untada con mermelada si se la ata al lomo de un gato?

 

Si los sándwiches triples de miga tienen tres panes, los simples ¿no deberían llamarse dobles? ¿A qué vienen estas preguntas? ¿Qué tienen que ver con la ciencia? Este libro reúne una selección de papers que fueron escritos siguiendo al pie de la letra las reglas de las publicaciones científicas, pero en los que se desarrollan temáticas tan absurdas o disparatadas como las que proponen las preguntas del comienzo. Es que, como afirma Diego Golombek, aprender a hacer ciencia es también aprender a comunicarla. Y para eso están los papers, esos artículos redactados “en difícil” en los que los científicos explican y ponen a prueba sus investigaciones. Así, “Demoliendo Papers” propone una visión divertida y satírica de la ciencia a través de textos que ejercitan la creatividad y, muchas veces, la risa (científica, claro).

 

Para mostrar la otra cara del trabajo con ratones, tubos de ensayo y máquinas de avanzada, y también el buen humor de su científico amigo. Porque, después de todo, desarrollar la imaginación es una de las mejores formas de acercarnos a la ciencia.

 

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